La historia de los colores en español


Se puede llegar a pensar que el nombres de los colores, un elemento tan básico de la vida diaria, tendría que ser un conjunto inmutable dentro de una lengua, pero la realidad es otra. Después de leer un fragmento (aquí) sobre el origen del nombre de los colores en español, en El candidato melancólico (ISBN 9788478717712), un libro de José Antonio Millán, se puede ser consciente de esta realidad. El origen y las variaciones de los nombres de los colores (y del resto de los nombres de otras muchas cosas) a lo largo de la historia es tan fascinante como curioso. A modo de ejemplo os muestro un resumen de 4 de los colores más interesantes:

 El color blanco

El latín tenía dos palabras para ‘blanco’: candidus ‘blanco brillante’, y albus, ‘blanco mate’. Pero traído por los pueblos germánicos vino un único término blanco, que desplazó esos dos nombres, aunque permanecen sus derivados. Candidato viene de cándidus, y en español tenemos otras palabras del mismo origen, empezando por cándido, ‘inocente’ (el blanco tiene en nuestra cultura connotaciones positivas). También comparten esa raíz candente (se aplica al metal que está tan al rojo que brilla) o las canas, ‘cabellos blancos’.

La otra palabra latina para ‘blanco’, albus, fue la más extendida en el castellano antiguo, y se encuentra mucho en nombres de lugares, como Montalbo o Peñalba (porque los nombres de lugares o personas tienen también su historia). Por otros caminos nos ha dado el alba o ‘amanecer’ y una interesante derivación, que entró tarde entre nosotros: el álbum. Originariamente era una especie de pizarra blanca donde los funcionarios romanos escribían los edictos; la palabra la recuperó el alemán como ‘libro en blanco en el que dibujar o escribir’, y nos llegó a través del francés. Si en el siglo XIX y principios del XX era el libro que las jovencitas ofrecían a un poeta o un artista para que le dejaran un recuerdo, luego el álbum se convirtió en el soporte para pegar unas figuritas de colores: sí, los cromos. Cromo, ‘estampa infantil coleccionable’, es la reducción del término cromolitografía, que es el nombre del procedimiento industrial con el que se hacían, y precisamente viene de la palabra griega para ‘color’, khroma, junto con la raíz de ‘piedra’, lithos, y la de ‘escribir’, grafía.

De la palabra griega para ‘blanco’, leukós, tenemos algunos derivados científicos, como leucocito, el ‘glóbulo blanco’. Leukos proviene de la misma raíz indoeuropea que el latín luna, ‘luna’, o lucere, ‘brillar’, de donde viene el castellano lucir o luz.

El color rojo:

Rojo es de origen latino (de russeus, ‘rojo fuerte’), pero no es ni mucho menos la única palabra para referirse a ese color. También está carmesí, que viene del árabe, por el nombre del insecto quermes, un parásito de las encinas de donde se obtenía un tinte de ese color. Carmín procede de la misma raíz, y hoy se emplea sobre todo para el color de los pintalabios.

Bermejo, es otro término para ‘rojo’, que ha tenido más éxito en el portugués vermelho o en el catalán vermell (de donde viene, por cierto, nuestro nombre de color bermellón). Todos ellos vienen del latín vermículus, diminutivo de vermes, ‘gusano’, a causa de la larva del insecto quermes.

Un nombre muy corriente para el rojo es colorado, que al principio quería decir sencillamente ‘coloreado’. Y encarnado fue, desde el castellano antiguo, otra forma común de llamar al color ‘rojo vivo’; viene, por supuesto, del mismo origen que carne.

El latín tenía otra palabra para ‘rojo’: rubeus, ‘rojizo’, de donde vino nuestro rubio (que hoy está especializado para el cabello). De ahí vienen también rúbrica, ‘parte de la firma’, que originalmente era el nombre de los rótulos de los manuscritos, que estaban en tinta roja. El rubor o enrojecimiento del rostro (por ejemplo, de vergüenza) tiene el mismo origen, igual que la piedra preciosa rubí, y que la enfermedad rubeola.

Hay otros muchos rojos, y algunos de ellos ocultos. La palabra miniatura no significaba originariamente ‘pequeño’, sino ‘pintado con minio’, que es un óxido de plomo rojo anaranjado. Las viñetas de los códices medievales, hechas con minio, eran de pequeño tamaño y la palabra pasó a tomar ese sentido.

El color verde:

Verde tiene origen latino, y de su nombre derivan, como era de esperar, las verduras. Por cierto, la castiza berza significa lo mismo, pues viene del plural latino viridia, ‘cosas verdes’. Además el color muestra algún derivado sorprendente: verdugo originariamente quería decir ‘rama verde’, que se usaba sobre todo para propinar azotes. De nombre del instrumento pasó a nombre de la persona que lo esgrimía. Y por último volvemos a encontrar este color bajo su forma griega khlorós en el elemento químico cloro y en clorofila, de fillon, ‘hoja’.

El color amarillo:

Probablemente venga de amarus, ‘amargo’ en latín, por el color de la piel de los que tenían la enfermedad de la ictericia (que por cierto viene de la palabra griega para ‘amarillo’). Esta enfermedad la causa la acumulación de la amarga bilis en la sangre. El color amarillo en la cara no solo es signo de enfermedad, sino también de pasiones fuertes, como la envidia o el amor.

 

Con esto es suficiente para que os hagáis una idea de las sorpresas que se esconden en la historia de nuestras palabras.

En Vives ya somos conscientes de ello y bajo el nombre de muchas de nuestras piezas se oculta una historia que da sentido a la serie.

 

Fuentes:

http://jamillan.com/

http://jamillan.com/candidato/indipro.htm#arco%20iris

Categorías:colores

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